lunes, 13 de junio de 2011

Campesino sobrevive a mordedura de serpiente en el cachete


Jesús Toledo

Cuando recobró el conocimiento se persignó y aseguró que sobrevivió de un milagro. No sabía cuánto tiempo había pasado en el hospital. Vagamente recuerda que mientras dormía sacudió algo que tenía por el cuello y en reacción, una serpiente conocida como nauyaca le mordió la mejilla y le inyectó grandes dosis de veneno.
Esa noche, Jordán Gómez Morales, originario del municipio de Tecpatán, inmediatamente buscó a un familiar en otra ranchería y éste lo llevó en una camioneta a la primera unidad de salud.
La rapidez con que viajaba el veneno apagaba rápido la noción del campesino. Cada vez era más castigado respirar. La hinchazón del cuerpo impedía que entrara más aire a los pulmones de Jordán. Era claro que se trataba de una situación de vida o muerte y éste cada vez se acercaba a pasar esa línea.
Cuando arribó a la unidad de salud, su rostro era como el de un boxeador, estaba magullado e inflamado y además de color rojo. La dificultad con que respiraba era más notoria y empezaba a perder el estado de alerta (la conciencia).
Los médicos de ahí nada pudieron hacer e inmediatamente fue enviado al Hospital Regional “Dr. Rafael Pascacio Gamboa” en la ciudad. Fatigado y al punto del colapso Jordán perdió la conciencia al entrar a la capital.
En la sala de urgencias fue recibido por Juan Moleri Villegas, jefe de terapia intensiva, luego le proporcionaron las medidas básicas de reacción, pero éste no volvió en sí. El cuerpo del campesino fue trasladado en una camilla a terapia intensiva.
El doctor inmediatamente aplicó una dosis para contrarrestar el veneno, pero ésta parecía no surtir efecto. Mientras, la familia yacía fuera del hospital rezando por la salud de Jordán.
“Vimos que cada vez necesitaba más cantidades de dosis pero la respuesta terapéutica no se hacía sentir y el paciente se iba deteriorando” comentó el doctor Juan Villegas.
Al paso de las horas, todo se complicó más. Los pulmones de Jordán dejaron de funcionar y el colapso era inminente, por lo que los doctores le instalaron un respirador artificial, para mantener al pie sus funciones vitales.

EMPIEZA EL DETERIORO
Cuenta el especialista que el equipo más experimentado se reunió en la sala de urgencias alrededor del humilde campesino. Temían que otro órgano vital fuera a colapsar, y cada vez aplicaban más aparatos al cuerpo del labriego.
Justo cuando temían lo peor, su metabolismo se empezó a descomponer. La sangre de Jordán se volvió en su contra. Lo que lo mantuvo con vida 35 años, comenzó a perjudicarlo. El doctor anunció a sus colegas que el veneno estaba en toda su sangre, y que ésta empezó a acumular residuos tóxicos.
Después del pulmón, sus riñones empezaron a fallar. Su órgano purificador fue incapaz de limpiar la ponzoña del animal y entró en una complicación: el fracaso renal agudo.
Asegura el jefe de terapia intensiva que “aun así consideramos que tenía alguna oportunidad de vivir y se utilizó una máquina que se llama hemodiálisis, que precisamente se encarga de sustituir la función de los riñones”.
Para este momento, el tecpateco tenía el rostro deformado. Aparte de la notoria hinchazón, estaba muy decolorado y su palidez llegó a un color tan parecido al de una pintura muy tenue.


SE AFERRÓ A LA VIDA
Desvitalizado por los aparatos y por la ponzoña que no quería abandonar su cuerpo, el humilde hombre se aferraba a la vida. Incluso el propio especialcita se veía sorprendido por el poder vital y, a la vez, por el desgaste que había sufrido ante la mordedura y los equipos que tenía conectado.
“Verlo así era sorprendente porque tenía conectado el respirador artificial, la máquina de hemodiálisis, zondas y catéteres por todos lados, monitores, indicadores de presión, de oxígeno, de frecuencia cardiaca y, prácticamente, ya no había vena donde puncionarlo para sacarle todos los estudios que faltaban”, expresó Juan Villegas.
A los 17 días, de los 33 que vivió dentro del nosocomio, las suplicas de los parientes se hicieron escuchar. Los médicos notaron pequeños indicadores de mejoría y la familia, que siempre estuvo pendiente de él, sonrió por primera vez.
Aunque Jordán no había “cantado victoria”, pues su periodo aún era crítico, sus signos vitales fueron mejorando. Los médicos probaron de nuevo los riñones y estos empezaron a responder sin problema. Así el fenómeno inflamatorio fue pasando, pese a los más de 15 medicamentos, entre antibióticos, sedantes, analgésicos, protectores de la mucosa gástrica, que le suministraban.

ABRIÓ LOS OJOS
Ante la notoria mejoría, el campesino logró “domar a la serpiente” y venció el veneno. Casi 30 días después de estar internado y en un estado de coma, Jordán abrió los ojos. Su primera reacción fue de sorpresa, pues lo último que recuerda fue cuando llegaba a la capital en muy mal estado.
Su impresión era mayúscula al percatarse que estaba internado y con varias máquinas conectadas al cuerpo. Poco a poco fue progresando hasta que se le pudo quitar el tubo de la boca y empezó a respirar por cuenta propia.
La familia le explicó que vivió 33 días en el hospital, pero éste fue incrédulo a todo lo que le contaban. “No se acordó más que cuando perdió el estado de alerta”, detalla el especialista médico.
De la terapia intensiva pasó a la intermedia, donde están los pacientes que presentan mejoría. Finalmente se le quitaron los catéteres, y todas las guardias que cubrieron y vigilaron al paciente, lo felicitaron llenándole de globos la habitación. Todos los turnos estuvieron contentos de que haya recuperado su salud y la vida.

NO ES EL PRIMER CASO
Aunque casos como el de Jordán Gómez Morales no son muy comunes, tampoco todos corren con la suerte que él tuvo. El 31 de mayo de 2009 hubo un asunto muy similar, pero con resultados fatales.
Blanca Navarro Rodríguez, de 64 años de edad, llegó un domingo al mediodía a la tienda de Soriana Polyfórum acompañada de su nieto y al pretender tomar hojas de jamaica sintió que algo le picó en el dedo anular de la mano derecha.
Luego Navarro Rodríguez se dirigió a la residencia de su hija Norma, en la colonia El Retiro, donde manifestó que iría el médico porque se sentía mal debido a que había sufrido una picadura por un animal ponzoñoso.
Aunque se trató rápido la picadura, fueron pocos días los que su cuerpo resistió. Días después falleció sin saber el tipo de animal que la había mordido y quitado la vida.
“A veces los pacientes no llegan a tiempo porque intentan curarse con remedios o costumbres de su localidad y cuando su situación se empiezan a complicar, acuden con nosotros, lo bueno del caso de Jordán es que se transporto rápido”.
Por último, aseguró que fue de gran apoyo los servicios del zoológico con quienes tienen un estrecho contacto y la ayuda de un libro escrito por un médico chiapaneco que trabajó en el hospital. “El libro del doctor Suarez, que es un experto en mordeduras de serpientes, fue oportuno y nos sirvió de guía para el tratamiento”.

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